Carta a Mi Hija María Pía
Hija, leve se van las horas, caminan presurosas sin darnos cuenta.
Cuánto hace que cargaba tu velloncito rosado y tierno, y confiada
unida a mi pezón de vida, danza y silencio,
te dormías en mis brazos, regazo placentero.
Saliste de mi vientre abultado, un día
lunes 19 de marzo, temprano, (a las 9,15 a. m.) apuraste tu llegada
tras las aguas que cayeron anunciando tu venida anticipada.
Eras rosada, pequeñita, sonriente, tierna, bella, inocente pedacito
de mi carne, botón de rosa fragante.
Comenzaba el día su viaje, y en mi vida la suerte de ver tu sonrisa.
Te ví crecer...tus manitas de inquietud naciente, buscaban la forma
entre colores, de plasmar lo que tus ojos bellos destellos de miel viesen.
Te vestía como muñeca, de tul y encaje,
mientras esperaba crecieras.
Nadie sabía que en oscuro presagio la vida sembraría tu primera tristeza.
A los tres meses, tu cuerpecito blando demostró un error cruel,
falta de desarrollo impediría caminases a tiempo,
indefensa ante el mundo, sin comprender la causa,
traté de armonizar ese dolor
poniendo en tí mis cuidados y desvelos.
Hasta el primer año te acompañé, empecinada en verte avanzar,
sin decaer el ánimo, y un día con alegría
luego de meses de tratamiento y reposo,
por fin te ví hacer tus primeros pasos.
Desde ahí te vi jugar, correr, caer y levantarte con alegría y risa,
y junto a tu travieso hermano Jorge, crecer confiada,
bajo el amoroso cuidado y celo.
Ya eras una princesita que crecía en nuestro castillo de sueños.
Dibujé con el sol la mañana mas soleada, donde no cabía la tristeza,
me adelanté a la noche para que miedo no tuvieras,
hermoseé el entorno e hice un jardín lleno de rosas de amor,
aunque no las vieras.
Cada noche había un cuento, una canción o un beso,
y así los ángeles estarían siempre cerca.
Hija, pero la vida es una ruleta, y la fábula tiene final,
la historia cambia, la vehemencia se acaba
y las voluntades ajenas no son cuento de hadas.
A los cinco años,tras el agobio de inusitada contienda,
nuevas lágrimas extraviaron tu alegría
y llegó la orfandad de padre, la pérdida de tu mundo,
los afectos, el sosiego.
NO fui contemplativa, luché como águila fiera, primero por retenerte
y luego esperar un nuevo amanecer,
mientras la noche de la tristeza se hacía larga,
y un huracán devastaba mis privilegios, se esfumaban mis derechos...pero,
¿alguna vez existieron?
Fui guerrera, ávida de justicia, y porque te engendré te reclamaba.
No fue fácil arrancarte de entre las zarzas ajenas,
que incendiadas un día quemaban nuestros sueños.
Hija, pero todo pasa...
Fue duro transitar por otros mundos, carentes de paz y belleza,
pero superamos la barrera.
Fueron años duros como roca, pero fui mar, ola y espuma
y todo volvió a su origen.
Atravesaste oscuro páramo, pero nunca te solté de mi mano.
Fue tiempo de milagros, y eso te hizo fuerte, sabia, serena,
y te abrió la mente a nuevos espacios y proyectos,
nutrió tu corazón y aposentó su enseñanza en tu ánimo.
Rogaba a Dios no tuvieras dolores
cuando permanecieras de mi lejos.
Te enseñé a disfrutar de la danza, el teatro, la música,
el canto, la belleza del atardecer, de la flor y el trinar de pájaros.
La contemplación y la oración en la fe,
único baluarte que sostiene la vida en la Presencia de Dios.
La voluntad de querer y poder,
el seguir caminando, pese a todo,
y no arredrar ante las visicitudes,
el saber detenerse, el apoyar al otro, al que está caído a tu lado,
y tántas otras cosas que seguramente sembré
y algún día se manifiesten con la belleza de su acierto.
Vi desarrollarte, y seguir creciendo, y aunque crecías eras pequeñita,
mientras todo daba un vuelco en nuestras vidas.
Perdía a mi madre, y tuve sucesivas pérdidas,
cual lastimoso y plañidero sonar de campanarios,
uno tras otro...
La vida es un misterio, sucesión de galopar a la grupa del tiempo,
y en cada dolor o alegría, se acumula en la columna del destino
y deja sin preámbulos el oficio silencioso de su grito, o el callado ruego.
Hija, no me culpes de alguna espina
que sigilosa se adentró en tu pecho.
Traté de darte pequeñas alegrías, semillas amorosas
que un día darán frutos en el jardín de tu huerto,
acreditando serías como eres hoy,
la esplendida mujer que fue formando su ser en silencio.
Mi pequeña oruga, ya es tierna mariposa que vuela alto,
mostrando la belleza incomparable de sus alas, a cielo abierto.
Querida hija, María Pía, quiera Dios
encuentres siempre la paz y la alegría
y puedas ser luz para derramarte cuando tengas que encauzar
esas dulces criaturas que un día vendrán a acariciar mis canas.
Muchas felicidades en este día y siempre, el futuro te espera, besos.
con mucho amor, tu mamá,
Malu de Lujan
en el día de su Boda Civil
Viña del Mar, 29 Marzo 2008
-- un beso y una rosa
